Nuestro profesor favorito de todos los tiempos

Los de El Hueco conocimos a Luis Antonio Sáez en octubre de 2016 en el I Congreso sobre Despoblamiento en Zonas Rurales que se celebró en la localidad cacereña de Montánchez, un pueblo en el que todo está cuesta arriba (o cuesta abajo, depende de la perspectiva). Luis llegó el último a la casa rural en la que nos hospedaron, así que le acabó tocando la única habitación que no tenía baño, con lo que tenía que usar el aseo común de la planta. “Igual te vemos por ahí en paños menores”, le dije bromeando. También nos enteramos en ese primer encuentro de que, vaya donde vaya y haga frío, calor, truene o llueva, Luis inicia el día con una buena carrera en pantaloncito corto.

Luis Antonio Sáez, Antxon Benito y Agustina Sangüesa, en el seminario para periodistas celebrado en El Burgo.

Luis Antonio Sáez, Antxon Benito y Agustina Sangüesa, en el seminario para periodistas celebrado en El Burgo.

Al día siguiente escuchamos su ponencia en el Congreso… y caímos rendidos a los pies de ese lenguaje nuevo, atractivo, atrevido, creativo, innovador para hablar de la despoblación. “Has sido lo mejor de esta jornada, sin duda; enhorabuena”, le felicitamos. Y desde ese momento, Luis Antonio Sáez, responsable de la Cátedra de Despoblación y Creatividad de la Universidad de Zaragoza, se convirtió en nuestro profesor favorito y ha participado y asistido a cuanto evento hemos hecho en El Hueco, el último de ellos el Seminario para Periodistas y Comunicadores ‘Cómo los Medios Pueden Ayudar a Repoblar la España Vacía’, que celebramos en El Burgo de Osma, y en el que mantuvo una conversación interesantísima con Antxon Benito y Agustina Sambuesa.

Este martes, hemos vuelto a coincidir con él en el Curso de Verano de la Universidad de Zaragoza que se impartió en Ateca, y el sábado, día 13, volvemos a encontrarnos 190 kilómetros hacia el norte, en Urriés, localidad zaragozana en la que presentaremos Presura en las jornadas Sociedad, Mundo Rural y Asociacionismo. La conferencia de Luis lleva por título ‘Por qué lo llamamos despoblación cuando no sabemos qué decir’. No me digáis que no les dan ganas de conocer la respuesta.

Vimos muchas caras conocidas en el curso. En el fondo, los que nos dedicamos a predicar el Evangelio Laico de la Repoblación tenemos un poco alma de titiriteros que van, alejop, que dijo Serrat, de feria en feria. gente entregada y proactiva (sorry por la palabra), como comprobó nuestro director, Joaquín Alcalde, en la mesa de debate en la que participó.

Pero bueno, lo mejor es que Luis Antonio tome la palabra y para ello os dejamos con el artículo que escribió en noviembre de 2017 para el primer número de la revista ‘Presura’.

Actualizar significados

La despoblación tiene muchos significados, pues dónde residir es un eslabón clave en la decisión sobre cómo vivir, siempre subjetiva, repleta de contradicciones. Sin embargo, prima su versión en blanco y negro, sin apenas matices y afilada en contrastes (ciudad contra el campo, desarrollismo tecnocrático frente a mundo rural edénico, decadencia modernista frente a autenticidad tradicional, y mil etcéteras más todos dicotómicos) que en tiempos de economía de caracteres e ideas comunica muy fácil, pero que es imprecisa como diagnóstico y muy peligrosa cuando se usa para prescribir terapias.

Así, con base en ella ciertos lobbies y políticos despliegan un sinfín de medidas huérfanas de investigaciones contrastadas, la mayoría de las cuales, además, son alternativas y exigirían una lectura comprensiva, inhabitual hoy en día, sin apoyarse tampoco en procesos de participación plurales y críticos de sus protagonistas, en los que no todos los grupos ni personas mantienen unas mismas tesis, ni interiorizar los muchos errores cometidos por todos, gestores públicos pero también quienes la estudiamos, y que si reconociéramos nos vendrían muy bien para no repetir. Además, las políticas que más se publicitan (subvenciones, infraestructuras, redistribución de inmigrantes y refugiados, disneylandización del territorio), están ancladas en un tiempo que ya no existe, que tal vez nunca fue, sin atractivo para implicar a los actores sociales más dinámicos. Esto no significa negar las características estructurales de la despoblación ni omitir sus potentes inercias. Los retrovisores mejoran la interpretación de las situaciones pero no pueden constituirse en las referencias con que avanzar, sobre todo cuando surgen giros sociales tan bruscos. Hoy en día el progreso y el bienestar dependen más que nunca del talento y de la tolerancia, que en gran medida, debido a las nuevas tecnologías, la globalización y las formas de organizarnos no exigen una cantidad ni de financiación, ni de consumidores, ni de habitantes, tan elevadas como en otro tiempo. Es decir, pequeñas comunidades rurales de espacios periféricos pueden reintroducirse con éxito en muchas facetas de la economía, la cultura, la innovación sin tener unas desventajas comparativas tan graves como en períodos anteriores.

De hecho, a la hora de dónde vivir, y cómo hacerlo, la confianza en la comunidad, el disfrute de la naturaleza, un entorno de autonomía y una gestión del tiempo pausada, el trabajo personal y consciente, pueden lograrse en aldeas perdidas de manera equivalente, o incluso mejor, que en una gran ciudad. Porque lo intangible vale más que lo medible, la calidad es más decisiva que la cantidad, el valor está por encima del precio.

Las áreas despobladas, sin duda, tienen aún problemas muy graves. Pero nunca como ahora han dispuesto de tantas herramientas para afrontarlos y para significarse como lugares de oportunidades.

 

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